...una definición en construcción, una incógnita, una hipótesis o varias alternativas que surgen como lava caliente al ritmo de los tiempos que estamos viviendo...
domingo, 16 de octubre de 2011
Lo cultural, sometido a la sintaxis del discurso (Primera parte)
Por Sebastián Sánchez
El espíritu de la juventud de nuestros dias se nutre del pasado, de aquél pasado tan particular y trascendente de nuestra historia. Aquella generación indomable, de jóvenes que se pusieron la historia al hombro, la política entre sus manos y las convicciones en sus ojos. Nadie, creo, cuestiona esa entrega, esa valentía, ese despojo por la causa popular. Lo que dista mucho de estos militantes, sean clase media, alta o popular, fue una conducción determinada.
Cada escalón en la jerarquía política de la conducción de las organizaciones “supuestamente” conlleva un aprendizaje paralelo, una determinada formación política, un entendimiento cada vez más acabado de los fenómenos sociales más globales, que no se pierdan en pequeñeces personales ni en espíritus pobres. Al menos deberia ser así. Es decir, que cada escalón tenía un paralelo crecimiento teórico-político y más acceso al poder en tanto ocupar lugares de toma de decisiones. Sin embargo, en Montoneros, por ejemplo, las peores decisiones (asesinato de Rucci), las más irresponsables (paso a la clandestinidad 1974, la contraofensiva) se toman desde la cúpula.
La relación saber-poder demuestra que “lo político” de la organización desoyó la usina principal de conocimiento, cayendo en la contradicción de clase. ¿Por qué sujetos eran ejercidos los lugares de poder?
Una de las contradicciones, a mi juicio, aparece en la apropiación “política” de la realidad del movimiento obrero, apropiación en el plano de la connotación ideológica que primó antes que la identificación con los símbolos culturales que hacían a la supuesta claridad del movimiento obrero que se decía pregonar.
El sujeto barrial, el sujeto anónimo pero protagonista de la historia, tenía una identidad política apropiada no discursivamente sino culturalmente. El peronismo, para estos militantes, era una identidad cultural apropiada simbólicamente. Lo cultural contiene dentro de sus valores lo político y su potencia.
La lucha por la hegemonía se libra tanto en el lenguaje que construye la “historia oficial” entre sus intensados, tanto así como en el discurso de la militancia política que relata el pasado y la complejidad de su organización politica, y sus naturales y personales intereses. Este último, parece haber relegado a un segundo plano las percepciones, opiniones y participación de los militantes barriales, villeros y no universitarios. Es el discurso del universitario nutrido con la literatura política e histórica el que reina a la hora de hacerse escuchar. Todo discurso que se articula y rearticula bajo una voluntad política explícita, lo hace estratégicamente, haciéndose flexible y permeable en algunas ocasiones o remodelando con baches algunos trayectos del relato, como también expresando un extremado dogmatismo de dudosa procedencia.
El revisionismo ha interactuado desproporcionadamente con los actores políticos-sociales de los años 60-70. En esta reconstrucción del pasado aparece mucho universitario y poco no universitario. ¿Será porque entre los constructores y actores del relato comparte la acepción, (vaya casualidad!!! También hegemónica) de que el saber está en el acto intelectual, racional de ese sujeto lúcido que clasifica y conceptualiza los hechos con falcilidad?
Es en aquellos sujetos más anónimos en donde debe penetrar la investigación, la historia, en sus narraciones, en sus vivencias, identificar alguna lógica liberadora en las acciones naturales, viscerales, que eran acción política estratégica.
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